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UNA VEZ QUE SE DILUYE EL MIEDO, EL CAMINO ES LLANO

El miedo toma formas distintas para poder actuar. Es escurridizo como el agua, pero letal.

Es un monstruo que necesita para existir ser casi invisible. De textura muy suave, tan sutil como el hilo más delgado. Es imperceptible a primera vista. Se cuela por cada poro de la piel hasta instalarse en lo más profundo del alma. Sigue siendo invisible a los ojos, pero se ahora se siente en todo el cuerpo.

Se mueve despacio y silenciosamente. Toma el control de todo. Se adueña de los sentidos y la percepción se distorsiona y hasta lo más elemental y cotidiano parece una amenaza.

Te toma por el cuello, te abraza dolorosamente. Pone plomo sobre tus pies y sientes un frío que recorre tu espalda. El sabor de el agua es amargo y permanece en la garganta, inmóvil.

Surgen pensamientos, uno tras otro y cada vez más oscuros. Inverosímiles, imposibles, pero aterradores.

Y los crees. Porque tus sentidos no funcionan bien, porque nada es claro.

El miedo se detiene cuando se encuentra el origen. Y lugar en el que nace y la raíz que lo sustenta, están fuera del cuerpo, en las palabra de otros, en las acciones que no son nuestras, en las creencias que no buscamos y nos llegaron solas.

Nos perdemos en mares que no nos pertenecen y somos incapaces de mirar dentro de nosotros porque nos da vértigo el temor de perdernos en nuestras propias entrañas, sin saber que ese es el único lugar seguro.

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