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el asunto de la verdad y la mentira

    El asunto de la verdad y la mentira es más complejo de lo que pensamos.  Y no me refiero a las mentiras frágiles y cotidianas que derivan de mentiras considerablemente más profundas, sino a éstas últimas, las que nos decimos a nosotros mismos y nos llevan a vivir fantasías o escenarios que disfrazamos de mil maneras.  

    Para bien o para mal, a todos en algún momento nos cuesta un poquito de trabajo la verdad.  Porque no siempre es cómoda, porque duele, porque avergüenza o  lastima, porque no nos gusta y no nos atrevemos a cambiarla.   Le llamamos amor al control, paz al silencio resignado, también le decimos amor a la costumbre.  Aceptamos lo que tengamos que hacer para pertenecer, aún actuando en contra de nuestra propia naturaleza.  Por eso, lo que sabemos que es cierto, la verdad completa de quiénes somos y qué sentimos, la escondemos en lo más profundo del alma hasta convencernos de la mentira que  nos venga bien o por lo menos armamos la verdad a nuestro modo, de tal manera que aguante tempestades y huracanes, la acomodamos para poder vivir con ella sin sentir conflicto o por lo menos para sentirlo menos.  

      Somos capaces de convencernos durante todos los años que dure nuestra vida, de que somos felices, de que nuestros fracasos no nos duelen, de que la falta de libertad no nos molesta.  Somos capaces de vivir atados porque “así se ve mejor”, "así nos ven mejor" y hacemos una guarida que nos proteja.  

     La verdad provoca miedo, pero es momentáneo, fugaz y al final libera.  La mentira, al contrario, es al principio una caricia que recorre todo el cuerpo y conforme se desliza por la piel la va atrapando, hasta que se vuelve casi imposible escapar, se convierte en prisión y ahí nos quedamos, cómodos y tal vez no tanto, pero sin miedo.  Sobreviviendo sin vivir, hasta que la muerte nos libere. 

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