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LA ABUELA Y ÉL, UNA HISTORIA

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CAPÍTULO 3 (final temporal)

Mi intención desde el inicio era escribir una historia que tuviera un principio como yo lo conocía, un desarrollo como el que me plarticaron y un final como el que sé, pero hubo un problema: comencé a preguntar a quienes pudieran tener información o haber sido testigos de algún momento de la vida de mi abuela.  La historia entonces creció. No solo conocí mejor a mi abuela, también entendí ciertos patrones de conduca que llevamos arraigados.  Entendí a mi padre, su relación con la abuela y su forma de ver y entender la vida.   Y mientras está lista esa historia, así es más o menos como siguió: 

El primer hijo de mi abuela se quedó a vivir con sus padres o por lo menos eso creo. Probablemente estuvo en un internado, no lo sé, lo que sí sé es que no creció con la nueva familia que Aurora formó con mi abuelo. Supongo que en esa época era la única forma en que  podría empezar una nueva familia con Amador, porque así se llamaba mi abuelo, Amador y se apellidaba Martínez.

Fue en mil novecientos veinte o mil novecientos veintiuno, cuando mis abuelos se casaron. Él era quince años mayor que ella, no pertenecía a una familia de “buena posición”, pero era un hombre trabajador y tenía un patrimonio que ofrecerle.  Casi podría estar segura de que mis abuelos se querían, pero en esa unión también tuvo que ver, en ambos, la soledad y la necesidad de sentirse queridos, de ver un futuro con más color que gris común de sus vidas.  Conforme pasó el tiempo, el amor creció, lo mismo que la familia y nacieron los cuatro hijos entre mil novecientos veintidós y mil novecientos treinta.

Amador era un comerciante trabajador y devoto de su familia, un buen padre a su manera y de acuerdo a la época. No conozco tanto de su origen y nunca conocí, a pesar de ser tantos millones, algún Martinez relacionado con mi familia. Estoy segura de que los hay, pero no los conozco.

Aurora y él comenzaron la vida juntos después de la revolución.  No eran tiempos fáciles y con cuatro hijos aún menos, pero la tienda de abarrotes les daba suficiente. Estaba en el centro de San Luis Potosí, perfectamente surtida. Daba servicio a particulares y otros pequeños negocios. Tenía de todo y era tanto, que apenas había espacios para moverse.  En un rincón –contado por mi pade– junto a los costales de frijol, lenteja y arroz, mi papá hacía sus tareas recargado en un jacal de madera de los que se usan para transportar frutas y verduras frescas. En esos veintes y treintas, no había de otro tipo. Un pequeño pasillo, al que se entraba por la puerta detrás del mostrador, conducía a una  bodega, también llena de cajas de madera, botellas de vidrio y todo tipo de productos empaquetados, lo mismo que otros perecederos como lácteos, verduras, frutas y carnes frías. Efectivamente no vivían en la abundancia, poco a poco salían adelante.

Tal vez para mi abuela, “salir adelante” no era suficiente.  A ella, desde la muerte de su primer marido,  la vida le había cambiado casi radicalmente. Conoció carencias que no había tenido antes y lo que, viviendo con sus padrinos le había parecido demasiado trabajo, significó nada comparado con las labores que realizaba para sacar adelante a sus hijos. Pero hacía un esfuerzo, un poco por amor, otro poco por religiosidad y un tanto por las costumbres de la época. De pronto se escapaba — por eso mi abuelo se hacía cargo de algunos de sus hijos–  a onvivir con sus amistades de siempre, con clara desventaja y eso era un alivio…  

Pero la vida siguió cambiando.   Lo que sigue de la historia es triste, pero es el inicio de algo que transformó la vida de muchas personas en diferentes niveles y de distintas formas. La parte que a mi me interesa es la que les pienso contar.   

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