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QUIENES SE TIENEN QUE CONOCER, EN ALGÚN MOMENTO COINCIDEN. TODO EMPEZÓ CON LA ABUELA parte 2

A los veintiún años, Aurora recibió la noticia de la muerte de su querido esposo como un golpe en el corazón.  Lo que había planeado que sería un matrimonio para toda la vida, como el de sus padres, terminó súbitamente.   Ahora debía pensar cómo seguir con su vida y con la de su pequeño hijo de tres años.  Lo primero que se le ocurrió, fue regresar a casa de sus padres, en ningún lugar podrían estar más seguros.   

Pero en México reinaba la incertidumbre por la Revolución.  Era 1913 y aún seguía la lucha por el poder.  Se habían quemado archivos en los que se guardaban títulos de propiedad y se saqueaban negocios.  Arturo y Guadalupe, mis bisabuelos perdieron la hacienda y aunque lograron conservar la casa en la capital, con ellos aún vivían sus otras tres hijas y todas en edad casadera.  Recibir de vuelta a la hija mayor y con un hijo, aunque fuera su nieto, implicaría una carga que no podían sostener.  

Finalmente fueron los padrinos de mi abuela quienes la recibieron, a ella como a una hija y al pequeño como a su propio nieto.  Aurora guardó luto durante un año. No hablaba con nadie, ni hacía vida social. Todos los días vestía de negro, cubría su cabeza con un velo también negro e iba a misa acompañada de su madrina y su hijo.   El segundo año fue medio luto. Se permitía usar velo gris o blanco y por fin al tercer año, autorizada por sus padrinos, la sociedad y ella misma, retomó hasta cierto punto, la vida social.   Veía a sus primas uno o dos días por las tardes y regresaba a cuidar de su hijo.  

Como era natural, la compasión que los padrinos sentían por la situación de Aurora fue disminuyendo, lo mismo que las consideraciones.  No podía comportarse como las demás señoritas de sociedad, decían, porque ella era ya una señora, aunque solo tuviera veintitrés años.  Había cariño, pero debía cumplir con las labores del hogar y olvidarse de la posibilidad de rehacer su vida.  

Cinco años después, la situación se volvió tirante.  Aurora quería retomar su vida, conocer gente, sus primas le platicaban sobre los novios y sus próximas bodas, mientras a ella sus padrinos, inflexiblemente conservadores, le negaban la posibilidad de salir de casa, a no ser que fuera para ir a misa.    

En la vida sucede lo que tiene que suceder.  Las personas que se deben encontrar, en algún momento coinciden.  No existe fuerza humana tan grande que venza a la energía del universo.  Lo que es, existe antes de que nosotros lo sepamos. 

No sabría decir en qué momento, ni cómo fue el primer encuentro, solo sé que cinco años después de enviudar, Aurora conoció al que sería mi abuelo.  Él le escribía cartas y ella a veces las contestaba.  El pasaba todas las tardes por el balcón de ella y ella a veces se asomaba a verlo.  El insistió esperando que ella cediera y claro que cedió.  Se casaron unos años después, en 1921 y tuvieron cuatro hijos, el menor de ellos, mi padre. 

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