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INCERTIDUMBRE

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INCERTIDUMBRE

María Guadalupe Martínez

Eran exactamente las once de la noche con cuarenta y nueve minutos, lo recuerdo bien porque fue lo primero que vi en mi teléfono celular cuando se encendió la luz de la pantalla aquella noche al mismo tiempo que vibraba. Lo tomé de mi pequeña mesa de noche, estaba junto al libro en turno y la pequeña lámpara de luz amarilla. Aturdida alcancé a leer que era mi sobrino Alfonso hijo de mi hermana.

—Hola Alfonso ¿qué pasa?— pregunté con pocas ganas y los ojos sin abrir bien, dispuesta a volver a dormir de nuevo creyendo que era una de esas llamadas que algunos hacen cuando andan de fiesta.

—Han secuestrado a Pedro, acabo de recibir la llamada— su voz no tenía ni un asomo de festivo como siempre, le temblaba. Mi primera respuesta fue sentir los ojos inundados a punto de desbordarse y la imposibilidad de pronunciar palabra alguna, las pocas que pensé quedaron atoradas en mi garganta. Los dos nos quedamos en silencio unos segundos. Estoy segura que su rostro estaba tan húmedo como el mío y no se dibujaban en sus mejillas los hoyuelos que le conocía desde el día que nació unos meses después de Pedro hacía veintitrés años. Hasta la fecha no lo hemos platicado.

—Volverán a llamar en diez minutos. Mi tío Roberto no contesta y Martha no está en México— era claro que no sabía qué hacer y esperaba alguna respuesta para cuando llamaran de nuevo. Encendí la luz que apenas alcanzaba a alumbrar mi edredón gris que en segundos había dejado de darme calor. Me senté en la cama, puse los pies sobre la alfombra gris que ahora ya no era suave.

—Llamaré a Martha, es su madre y necesita saberlo. No podemos desperdiciar el tiempo, nos dirá desde Madrid qué hacer. No uses más tu teléfono y espera.— Martha y yo habíamos dejado de ser cuñadas veinte años atrás, pero era la madre de mi sobrino y seguía siendo mi amiga, pensaría más claro que mi hermano, lo sabía.

Después de hablar con Martha esa noche, no volvió a sonar mi teléfono ni yo volví a conciliar el sueño, se había filtrado entre mi piel y mis huesos un frío incontrolable que no aplacaba ni el sol que entraba por la persiana horizontal de madera de mi ventana cuando comenzó el amanecer, mis dientes se estrellaban unos con otros imparablemente. No tenía más que hacer en mi cama. Caminé hacia el baño sintiendo dolor en cada una de mis articulaciones. Dejé correr el agua lo más caliente que pude aguantar y entonces lloré, un dolor agudo me oprimía el pecho y me hacía aullar como si me hubieran herido.

Pedro vivía conmigo desde que su padre se casó por cuarta vez y Martha por motivos de trabajo, dividía su tiempo entre Santiago y México. Esa noche Pedro me avisó que iría a Avándaro al rancho de su madre con un matrimonio francés amigos suyos, que estaban de visita en México. Él era para mi un hijo más y yo era de alguna forma responsable de él. Nos hacíamos compañía y compartíamos la vida desde mi separación y la partida de mi hijo a estudiar su carrera en los Estados Unidos. Darme cuenta ahora de mi impotencia para ayudarle me hizo sentir aun peor.

Esa mañana no usé mi teléfono celular esperando noticias.

Finalmente llamó . Martha había hablado con después de que colgamos y venía en camino, llegaría en la noche y el contacto mientras tanto seguiría siendo él. El padre de Alfonso experto en temas de seguridad avisó a la Policía Federal para que esperaran a Martha en el aeropuerto y le dieran instrucciones, recomendaron que nadie de la familia se acercara al domicilio desde el que se realizarían las negociaciones por precaución, aun no sabían si el secuestro se había planeado en Avándaro o lo habían seguido desde la Ciudad de México.

Comenzaron la espera, la angustia, la tristeza y la incertidumbre. Recuerdo que mi hermano me llamó el segundo día para avisarme del secuestro, ni siquiera le contesté y colgué el teléfono. Alfonso se había instalado en mi casa después de la llegada de Martha, casi no hablábamos pero estábamos siendo uno el apoyo del otro mientras Martha cargaba con la ausencia de su hijo que sabíamos que le pesaba como una lápida y aguantaba con la fuerza que le habían dado años de luchar por salir adelante y un poco nuestras palabras cada vez que nos llamaba para desahogarse. El reloj de la cocina en donde Alfonso y yo pasábamos más tiempo durante el día, hacía un tic-tac constante que parecía tortura, era como un recordatorio del dolor y la la plancha negra de granito era aun más fría que de costumbre. Un café tras otro y el silencio. Las noches cada uno en una habitación las pasábamos en vela.

El tercer día tuvimos noticias, el matrimonio francés había sido liberado en una gasolinera a la entrada de la Ciudad de México, nosotros no los vimos, pero supimos por Martha que a Pedro lo mantenían atado a un árbol día y noche. Ese año había sido de lluvias intensas como nunca antes o por lo menos así lo sentíamos nosotros. Sabiendo eso la tranquilidad era aun más difícil de conseguir para nosotros.

Siguieron siete días, lo captores pedían demasiado dinero como para que Martha lo tuviera en efectivo. En llamadas casi en clave entres los tres contactamos a quienes podrían ayudarnos, tenían que ser amigos muy cercanos y de confianza para que no se filtra la información a más personas. Los canalizamos con Martha, fueron tres y uno de ellos pidió garantías de que se le regresaría su dinero y las tuvo, pero la amistad terminó ahí.

Pasó un días tras otro otro de esos siete días hasta que por fin, a las cuatro treinta de la mañana y once días después en total, escuché en mi teléfono la voz lenta y casi inaudible de Pedro.

—Todo terminó, estoy bien y de regreso— Entonces volví a llorar. Alfonso y yo nos quedamos en silencio y nos abrazamos no se por cuánto tiempo pero lloramos lo que nos habíamos guardado en esos días.

Pedro regresó a casa dos días después, lo abracé con cuidado para no lastimar su rostro que había perdido el movimiento del lado derecho, pero aun así sonreía. Martha se quedó unas semanas antes de volver al trabajo para estar segura de dejar en orden las terapias de Pedro ñ, confiaba en mi, pero ella era su madre.

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