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EL TAPETE ROSA que era brillante

En el tapete viejo y gastado apenas se adivinaba el color rosa brillante que había sido el principal atractivo cuando decidimos comprarlo, ya no lucía como en aquellos días que nos llamó tanto la atención, tampoco se hundían en él los pies ni su textura se sentía tan suave que acariciara a quien la pisaba, pero seguía siendo mi tapete rosa que era símbolo y testigo de los últimos 15 años de mi vida. Llevaba en sus tejidos un poco de mi vino favorito, ese Pinot Noir francés del que ya les he platicado y que alguna vez por exceso de consumo o por exceso de tristeza había vertido en él distraídamente; me había escuchado además llorar sola mis pérdidas y desamores, también había estado ahí cuando reía sola o con alguien cerca, si mi tapete pudiera hablar podría hasta contar mi negocio secreto con Gustavo del que también les he hablado…. pero es fiel y se que no dirá nada, ni de eso ni de nada hasta que se concrete algo…

Pero como dije al principio, “lo compramos”, mi pareja y yo en aquel entonces de construir castillos en el aire y ahora que nos habíamos separado repartíamos las cosas. Armando me pedía precisamente el tapete rosa para usarlo provisionalmente en su nuevo departamento, yo francamente nunca he sido de pleito y me gusta conciliar pero….. el tapete rosa es otra cosa, no es un objeto cualquiera que se pueda regalar así nomás, es como de mi familia, se podría decir. Así como otros llegan a acariciar a su perro o a su gato, yo acaricio mi tapete rosa y lo alimento, a lo mejor involuntariamente pero lo alimento, por ejemplo, está lleno de migajitas, unas dulces de cuando no estoy a dieta y sufro un episodio de ansiedad y como galletas o de migajitas saladas de harina de nopal de cuando digo que me voy a portar bien y como tostadas de las que dicen que engordan menos, en fin ¡el tapete es mío por derecho, porque yo he pasado más tiempo con él y soy yo quien lo ha descuidado más!.

Hoy viene mi ex por lo que se piensa llevar y tiene en mente llevarse el tapete rosa brillante que ya no es ni rosa ni es brillante. En dos horas, cuando se haga el reparto de lo poco que acumulamos juntos, terminará para siempre nuestra historia que podría haber durado…. lo que duró, ni un día más. No me lo imagino junto a mi con sus manías exacerbadas, eso de andarme diciendo a mi edad que no anduviera descalza o tener que aguantar su ropa tirada o roncar a mi lado hasta la eternidad me parece demasiado castigo para cualquier pecado cometido. Había que ponerle punto final a esto, ya no nos teníamos tanto amor, ni tanto recuerdo que nos mantuviera juntos, pero sí un tapete rosa que no es que fuera una ancla ni representara mi intención de aferrarme a algo que no existía, solo era mi tapete rosa.

Pensé en recortarlo en pedacitos y distribuirlo por toda la casa para que cuando llegara Armando no lo viera, pero significaba desmembrarlo. Un día me asomé por la ventana y vi 10 taxis en el sitio de enfrente, reconocí a don Agustín que es quien me llevaba al aeropuerto cada mes que salgo a la playa, bajé corriendo con mi tapete rosa y le supliqué que lo pusiera de forro del asiento del copiloto para que Armando no lo viera. Don Agustín accedió y yo me grabé las placas de su automóvil para no perder de vista mi tapete, los números y letras se convirtieron en mi oración diaria para no olvidarlas. Armando llegó y no encontró el tapete, yo fingí no saber que había sido de él pero los números y letras de las placas (matrícula) estaban pintados en mi pared con letras rojas y yo no cesaba de repetirlos. Armando que me conocía un poco descubrió mi plan o por lo menos lo imaginó por las decenas de veces que hice algo parecido durante nuestra relación.

Semanas después Don Agustín se hacía el ausente cuando yo iba al sitio de taxis a preguntar por él, pero logré encontrarme con su taxi estacionado y en segundos con un destornillador me hice de sus placas (matrícula) y me las llevé a casa y esperé sentada junto a la puerta a que tocara el timbre, me hice de algo muy valioso.

Doce horas después y con la espalda hecha pedazos abrí la puerta y me encontré con Don Agustín abrazado a mi tapete rosa que parecía aliviado de verme. No mediamos palabra y le entregué sus placas que eran su patrimonio y él él me dio lo mío que era parte de mi historia.

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